Bien asentada. Ahora me muevo ahí. Un poco más abajo, algo más adentro, me arraigan la lluvia y el silencio. Me dan espacio para navegar profundo, tanto, que es mucho más allá de los pies y del suelo. Tanto, que no duele, que no muere. Tanto, que no hay paredes .
Entender el no lugar aquí es más fácil que nunca. El no lugar trasciende el espacio y se coloca en el medio de todo. En lo que hago, en lo que veo, en lo que siento cuando no miro más allá. Fuera gritan, gritan mucho. Y en este lugar grande, en esta casa sin techo y sin paredes, el no lugar es el lugar más claro. Aquí me quedo para transitar el día a día, para transitar la vida. Lo nutro en el movimiento hacia dentro para luego, volar fuera.
En el dar espacio surge la pregunta de lo que va a surgir antes de empezar a caminar sin correr. Casi antes de empezar nada. Sin tiempo, sin música, sin silencios, sin movimiento. Cuando empieza todo con el ruido del universo. Con todo lo que vive y cae dentro, bien adentro, mientras salgo fuera, bien afuera.
En este tránsito hoy, el silencio, los silencios van ocupando espacio. Sobretodo cuando no están, cuando no los veo, no los escucho. El silencio no es mudo. Ocupa espacio y llena vacío. El silencio en la palabra, en la música, en una imagen. Ese silencio que se opone a ese ruido de lo externo, de lo interno. Ese ruido en forma de lo que sea que inunda, que a ratos invade los lugares, los encuentros. Y solo pido acallar las máquinas, los gritos, los altavoces grandes y pequeños mientras acallo la mente. Por ahí, aquieto. Y ahí, sí, me quedo un rato.
Así vamos dibujando el espacio hoy. Ese lugar que también es un día cualquiera. A ratos desde el lenguaje invisible de la quietud. A veces, desde la claridad de un movimiento preciso y amplio. Y, al mismo tiempo, sé que el trazo no es mío. El trazo se dibuja. Y sé que siempre es invisible.
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